El jugador más barato de un Sevilla que ha apostado fuerte esta temporada en el costo de los fichajes se ha hecho imprescindible. Sin Duscher, el equipo de Manolo Jiménez se muestra débil en una parcela del campo clave, el eje medular, sobre todo jugando fuera de casa. Su lesión en Valladolid ha podido pasar desapercibida por el cúmulo de bajas que venía arrastrando el equipo. Pero lo cierto es que sin él, el Valladolid logró certificar la remontada tras la expulsión de Luis Fabiano. Y sin él, el Standard se comió al Sevilla como ya hiciera la Ponferradina en la ida de la Copa del Rey.
Algo debe haber fallado en la planificación cuando el equipo echa de menos a un jugador que llegó por apenas 2,5 millones de euros y que sólo fue una solución de emergencia después de que la Juventus se decidiera a pagar 10 millones de euros por Poulsen. Duscher entraba en el perfil de jugador de bajo coste y poco riesgo en la inversión que podía cubrir la baja del danés por sus características: un futbolista que barre por delante de la defensa, con mucho oficio, capacidad de sacrificio, buena lectura táctica y conocimiento de la Liga. Un perfil táctico y físico del que ya gozó el Sevilla con Martí, el mismo Poulsen o incluso Keita, si bien éste siempre jugó más adelantado presionando muy arriba y con más llegada.
Duscher ni siquiera realizó la pretemporada debido a que el presidente del Racing se subió a la parra después de que se llegara a un principio de acuerdo por un coste que, al final, fue más o menos el que desembolsó el Sevilla.
Pero quizás lo más grave del problema del centro del campo es que el jugador franquicia del nuevo proyecto, Romaric, reveló todas sus carencias en el primer partido de elevada exigencia que ha tenido el Sevilla. Un buen Standard, rápido, agresivo y fuerte, desnudó a Romaric, el jugador que, a mediados de mayo y con la Liga sin terminar, la dirección deportiva había elegido para paliar la más que probable salida de Keita hacia el Barcelona. Protagonizó el culebrón del verano debido a la tenacidad del presidente del Le Mans, Henri Legarda. Un mes tardó en llegar Romaric al Sevilla y después hubo de ponerse en manos de Antonio Escribano y los preparadores físicos por su sobrepeso. Pero es su forma de concebir el fútbol y no su físico lo que no encaja con su precio (8 millones de euros) ni con el esfuerzo hecho.
Romaric era el jugador del cambio de juego. Sin Daniel, había que buscar un sistema más equilibrado en el que la posesión y la distribución del esférico fuera la clave. Pero el marfileño se pelea por el balón con Maresca. Ya se vio en el primer partido de Liga, en Santander, que el Sevilla sufre si están los dos en el campo: ninguno se preocupa demasiado en mirar hacia atrás sin el esférico, quizás lastrados por su limitado físico. En casa sí han rendido juntos, a ratos, como ante el Athletic. Pero a domicilio, y ante equipos físicos que presionan arriba, el agujero es patente.
Los números están ahí. Sólo en dos partidos ha demostrado Romaric su valía, los dos en casa, ante el Stuttgart -con gol de falta- y ante el Athletic -único partido en que ha funcionado jugando por delante de la defensa-. Muy poco.
Jiménez ha intentando buscarle ubicación. De mediapunta ayudó muy poco al equipo en los triunfos con el Atlético y el Almería. Y partiendo desde la izquierda como mediapunta sí ofreció sus cualidades en Valladolid, hasta que la expulsión de Luis Fabiano y la lesión de Duscher lo trastocaron todo.
En principio, Fazio estaba llamado a ser la pieza clave en esa posición de cinco. Pero al argentino, que sigue siendo un proyecto de buen jugador a sus 21 años, le están pasando factura no haber hecho pretemporada y haber estado casi de veraneo en Pekín, pues apenas jugó con la campeona Argentina. Cuando Jiménez ha tirado de él no ha respondido. Si Duscher no hay cinco. Y sin cinco, no hay juego.
