Siempre conviene la pena recordarlo de vez en cuando. Para jugar al fútbol lo único que se necesitan son jugadores y un balón. Una pelota de lo que sea y futbolistas que formen dos equipos para intentar meter el esférico en porterías construidas con cualquier cosa, ya sea hierro, maderas, o chaquetas apiladas en el suelo. Y nada más.
Los técnicos, no lo olvidemos, no son una pieza esencial de este deporte. Son necesarios, sí, pero hasta cierto punto y muchas de las veces, como ocurre con los montadores en el cine, son los culpables de llevar al desastre a buenos equipos. Un buen entrenador, casi siempre, estará apoyado en buenos jugadores, en buenos peloteros, en los que salen a la cancha.
En este principio de temporada estamos viviendo un claro ejemplo de que los entrenadores casi siempre son lo que quieren sus jugadores y que nunca jamás estarán por encima de ellos. Hace prácticamente un año, abandonó el banquillo del club un Juande Ramos convertido en la quintaesencia de los técnicos gracias a los títulos que había conseguido. Se fue al Tottenham bañado en dinero y con el marchamo de que conseguiría en Londres lo mismo que había hecho en el Sevilla, a quien dejaba tirado. A día de hoy, los Spurs (clasificados para la presente Copa de la UEFA al haber ganado la tercera competición inglesa y no por su clasificación la pasada temporada), caminan últimos en la Premier League tras volver a perder ayer, sin juego, ni resultados. Mientras, el Sevilla, con Manolo Jiménez al mando, marcha firme en la Liga.
